martes, 11 de septiembre de 2012

La decisión de AMLO


Tras el cierre de la Avenida Reforma en la Ciudad de México por  decisión de Andrés Manuel López Obrador, luego de su inconformidad por las elecciones presidenciales del 2006, se dijo hasta el hartazgo que con esa acción AMLO había hecho un agujero a su costal político por donde se le iban a escapar las buenas voluntades de quienes poco a poco, y tal como se previó, lo fueron abandonando rumbo a la Presidencia de México en el 2012.

Para fortuna (¿o desgracia?) de la izquierda mexicana, López Obrador pudo remendar ese costal de capital político y revirtió las opiniones negativas que su radicalismo había provocado en amplios sectores del electorado, al grado que desbancó a Josefina Vázquez Mota del segundo lugar que  ella ocupó desde el inicio de la campaña rumbo a Los Pinos.

Y ahora, cuando el resultado electoral no le favoreció y tampoco le dejó satisfecho, ante la disyuntiva del PRD de si habrá de seguirle o no en su afán de no propiciar un debilitamiento de la izquierda y sobre todo, después de que consiguió la candidatura perredista en menoscabo de la generalizada opinión de que Marcelo Ebrard era una mejor opción para representar a la izquierda en la elección presidencial, él, López Obrador, el menos demócrata de los “demócratas”, anuncia que buscará transformar a MORENA en un nuevo partido político.

Eso, bien lo saben todos, no significa otra cosa que la división de la izquierda, entre el extremo institucionalista y el  extremo lopezobradorista, que es el  extremo del caudillo, del líder, del tribalismo político. De esta partición la izquierda volvería a jugar el rol de fuerza política de mediana importancia, debajo del PAN y el PRI, tal como ocurrió durante los 90s.  Lo saben todos, López Obrador, dividirá a la izquierda, pero nadie lo quiere decir con esas palabras.

Imposibilitado para reconocer sus errores y carente del deseo por rendirse en conseguir su objetivo (lo cual si está sido), López Obrador se ha planteado ahora la posibilidad de tener su propio partido político en el que podrá ser “democrático” a sus anchas… y  a su juicio por supuesto.

Marcelo Ebrard y Miguel Mancera bien podrían ocupar la vacante de liderazgo que el extremo del PRD institucionalista necesita llenar de inmediato para moverse como una fuerza política respetable en el Congreso al inicio del sexenio de Peña Nieto. Y si lo hacen bien, cualquiera de los dos podría llegar en excelentes condiciones de cara al 2018.  ¿Me adelanté?

Andrés Manuel en cambio, se irá con sus  seguidores más duros, tal vez no a su rancho, pero si a un extremo político que sólo beneficia al PRI, a seguir la historia de la izquierda tradicional mexicana, aquella que en 24 años sólo ha tenido a dos candidatos, él y Cuauhtémoc Cárdenas, la izquierda de los caudillos, del corporativismo, de las tribus,  de los porros, de Dolores Padierna, de René Bejarano, del SME…

Pero con todo y su egoísmo que ahora se entendería patológico, AMLO tal vez termine beneficiando involuntariamente a la izquierda con su idea de formar un nuevo partido, pero será a un muy, muy largo plazo.  El camino que Ebrard y Mancera tienen que recorrer para alcanzar el beneficio, indiscutiblemente pasa por los logros  que deje el primero y que alcance el segundo en la capital del País.