Tras el cierre de la Avenida Reforma en la Ciudad de México
por decisión de Andrés Manuel López
Obrador, luego de su inconformidad por las elecciones presidenciales del 2006,
se dijo hasta el hartazgo que con esa acción AMLO había hecho un agujero a su
costal político por donde se le iban a escapar las buenas voluntades de quienes
poco a poco, y tal como se previó, lo fueron abandonando rumbo a la Presidencia
de México en el 2012.
Para fortuna (¿o desgracia?) de la izquierda mexicana, López
Obrador pudo remendar ese costal de capital político y revirtió las opiniones
negativas que su radicalismo había provocado en amplios sectores del
electorado, al grado que desbancó a Josefina Vázquez Mota del segundo lugar que
ella ocupó desde el inicio de la campaña
rumbo a Los Pinos.
Y ahora, cuando el resultado electoral no le favoreció y
tampoco le dejó satisfecho, ante la disyuntiva del PRD de si habrá de seguirle
o no en su afán de no propiciar un debilitamiento de la izquierda y sobre todo,
después de que consiguió la candidatura perredista en menoscabo de la generalizada
opinión de que Marcelo Ebrard era una mejor opción para representar a la
izquierda en la elección presidencial, él, López Obrador, el menos demócrata de
los “demócratas”, anuncia que buscará transformar a MORENA en un nuevo partido
político.
Eso, bien lo saben todos, no significa otra cosa que la
división de la izquierda, entre el extremo institucionalista y el extremo lopezobradorista, que es el extremo del caudillo, del líder, del
tribalismo político. De esta partición la izquierda volvería a jugar el rol de
fuerza política de mediana importancia, debajo del PAN y el PRI, tal como ocurrió
durante los 90s. Lo saben todos, López
Obrador, dividirá a la izquierda, pero nadie lo quiere decir con esas palabras.
Imposibilitado para reconocer sus errores y carente del
deseo por rendirse en conseguir su objetivo (lo cual si está sido), López
Obrador se ha planteado ahora la posibilidad de tener su propio partido
político en el que podrá ser “democrático” a sus anchas… y a su juicio por supuesto.
Marcelo Ebrard y Miguel Mancera bien podrían ocupar la
vacante de liderazgo que el extremo del PRD institucionalista necesita llenar
de inmediato para moverse como una fuerza política respetable en el Congreso al
inicio del sexenio de Peña Nieto. Y si lo hacen bien, cualquiera de los dos
podría llegar en excelentes condiciones de cara al 2018. ¿Me adelanté?
Andrés Manuel en cambio, se irá con sus seguidores más duros, tal vez no a su rancho,
pero si a un extremo político que sólo beneficia al PRI, a seguir la historia
de la izquierda tradicional mexicana, aquella que en 24 años sólo ha tenido a
dos candidatos, él y Cuauhtémoc Cárdenas, la izquierda de los caudillos, del
corporativismo, de las tribus, de los
porros, de Dolores Padierna, de René Bejarano, del SME…
Pero con todo y su egoísmo que ahora se entendería
patológico, AMLO tal vez termine beneficiando involuntariamente a la izquierda
con su idea de formar un nuevo partido, pero será a un muy, muy largo
plazo. El camino que Ebrard y Mancera
tienen que recorrer para alcanzar el beneficio, indiscutiblemente pasa por los
logros que deje el primero y que alcance
el segundo en la capital del País.
